Analfabetismo funcional en el nivel universitario

Por Alejandro ORTIZ BULLÉGOYRI
Depto.de Humanidades UAM-A
http://ortizoteuam-a.blogspot.mx/2011/02/analfabetismo-funcional-en-el-nivel.html

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Sin leer y sin pensar me la paso a todo dar…

De manera cotidiana detienen nuestra atención accidentes y catástrofes que, por desgracia, cobran innumerables vidas humanas.

Muchos de esos terribles acontecimientos pueden ser debidos a fuerzas incontrolables de la naturaleza, otros a fallas quizás inevitables, de la naturaleza humana. Llama la atención los últimos acontecimientos en Tabasco y Chiapas, en donde a todas luces la negligencia, la estupidez, voracidad humana y la ignorancia jugaron un papel decisivo para que las catástrofes tuvieran verificativo: Presas mal construidas, cauces de ríos que no son desazolvados, contratistas que usan malos materiales de construcción, etc. Pero también están los millones de habitantes que viven hacinados en barrancas y en los cauces de ríos, que como viven al amparo de la divina providencia presuponen que a ellos no les ocurrirá ningún desastre…hasta que les ocurre.

Hace poco estalló una pipa con materiales inflamables y lo que ocurrió fue patético: la población y la gente que pasaba cerca del accidente, en vez de actuar frente a una situación de inminente peligro se acercó a ver “el incendio de la pipa accidentada”. Los resultados fueron espantosos.

Por último recuerdo el que más me ha conmovido -¿Por qué siempre las desgracias parecen ensañarse con los que se encomiendan a Dios?- : en la autopista nueva a Guadalajara, en las inmediaciones de la ciudad de Morelia, un autobús de pasajeros repleto de peregrinos perdió los frenos unos kilómetros antes de la caseta de peaje, a su paso fue arrollando a cuanto vehículo u objeto se pusiera a su paso, hasta finalmente hacer una carambola con los automóviles que esperaban su turno en la caseta. Murieron más de treinta y cuando le preguntaron al conductor sobre lo acontecido expresó con el rostro circunspecto “¡pus me quedé sin frenos…!”. Pero cuando le cuestionaron porqué no había seguido la línea roja pintada en el pavimento que lo llevaría a una rampa segura, el chofer simplemente preguntó ¿cuál línea?, ¿Cuál rampa?…Es decir, la empresa negligente dueña del transporte averiado, puso a circular a un autobús en mal estado y puso en su volante a un joven conductor ejemplo portentoso del analfabeta funcional: Aquel que sabe los rudimentos de algún oficio cualquiera, que sabe leer y escribir, pero que no está en condiciones de usar la lectoescritura para mejorar y transformar su vida. Es decir, es incapaz de subirse al carro de la historia. El analfabeta funcional no piensa mucho en reformar sus circunstancias ni en las de los demás, sino que vive para resolver sus necesidades inmediatas. Por ello millones de mexicanos sólo estamos capacitados para irnos a los Estados Unidos para lavarle sus excusados a los norteamericanos y hacer los trabajos que “ni los negros quieren hacer”, para citar a uno de nuestros clásicos. Y no para desarrollar nuevas tecnologías, ampliar los horizontes del humanismo o generar nuevos paradigmas en la ciencia.

El fenómeno está relacionado con la pobreza y la desigualdad social, y con una deficiente educación pública, ¡Qué duda cabe!- Pero no sólo ocurre en esos ámbitos, también podemos ver a señoras pirrurronas de Polanco y la Del Valle que , en su afán de ostentación y prepotencia, sólo muestran ignorancia y analfabetismo funcional cuando se estacionan en doble fila en los colegios de sus hijitos o cuando ocupan los lugares destinados para incapacitados en estacionamientos públicos. Su falta de sentido solidario no es otra cosa que un síntoma de incapacidad de transformar su ámbito y mejorar su vida y la de sus semejantes.

De manera que el analfabetismo funcional es un problema nacional de primera magnitud. Y lo es, no sólo por la incapacidad que tiene el analfabeta funcional de hacerse de nuevos conocimientos y de reflexionar en la manera de mejorar sus condiciones y calidad de vida y no sólo sus posibilidades económicas, sino porque cada año llegan a las universidades públicas del país millares de analfabetas funcionales que han ido escalando en los niveles de la educación nacional hasta llegar al superior, sin tener siquiera elementos básicos para comprender una lectura elemental de un artículo científico, un ensayo o un texto literario.

Nos quejamos que estudiantes de primer ingreso sean incapaces de redactar, pero no observamos un hecho sustantivo: La incapacidad para redactar es un síntoma de analfabetismo funcional. El analfabeta no tiene la capacidad para utilizar las herramientas intelectuales para asumir y comprender su vida y su historia y transformarlas. Vive en un mundo ya determinado por el poder establecido.

Trata tan sólo de adecuarse a su situación de oprimido; ve el mundo y su vida como algo que es así y que no es posible cambiar.

Pero también está nuestra preocupación por que sepan leer textos escritos cuando el proceso de lectura en nuestros tiempos es mucho más amplio y complejo que tener un libro en nuestras manos.

Reflexionemos ahora sobre los procesos de lectura.

¿Leer o no leer? ¡Ay qué flojera!

Leer es entrar en un cuerpo abierto y descubrirse a uno mismo mirándose en el espejo del otro o tal vez tan sólo en las trazas que los signos dejan mostrar o que alcanzamos a descifrar y comprender.

Leer es buscar y encontrar y leer es un camino que se avanza con cada letra, cada palabra, cada párrafo; un camino en donde se sabe, en dónde se comienza pero no tanto dónde y cuando se termina.

Libros, revistas, periódicos, papeles, hojas, folletos…

Pero leer no es sólo la palabra escrita; leer es descifrar y entrar en el pensamiento y las imágenes del otro, y a veces convertirse y apropiarse de ellas, como si uno mismo las hubiera creado.

La vida es un mar de lecturas, y entendemos nuestro paso por el mundo como si fuese una historia para ser contada. Que otros contarán o que yo mismo me invento para entretenerme o para darle algún sentido a mi estancia en esta tierra.

Para aprender a amar se necesita aprender primero a reconocer e identificar los signos que sostienen el lenguaje del ser amado. No en vano el enamoramiento se cubre de palabras y de textos, como un festejo de lecturas que se vuelven cada vez más caricias más besos, mas tacto y sensaciones corporales y menos tinta y papel.

Dijo un hombre llamado Sanfor Meisner, a propósito del trabajo que realiza un actor para crear su personaje lo siguiente:

Lo primero que tienes que hacer cuando lees un texto es encontrarte, encontrarte de verdad- a ti mismo. Encuéntrate primero a ti mismo y luego encuentra la forma de hacer el papel de forma que te afecte como si fueras el personaje. Entonces. Basándote en esa realidad, tendrás el núcleo del personaje. (Sobre la actuación)

Y no le falta razón, pero también es cierto que esa idea de encontrarse a uno mismo en un texto es la misión y la vocación de todo lector, y no sólo de manera exclusiva parte del trabajo del comediante para expresar en un espacio abierto imágenes de la vida con las que tenderemos a identificarnos, a compadecernos o a aterrorizarnos de lo actos que realice esa entelequia a la que llamamos personaje. Hacemos una lectura de lo que el actor a su vez interpretó de un texto.

Porque leer no es entender el significado de un texto; puesto que no hay significados unívocos. Todo significa más de una cosa a la vez. Leer es ante todo interpretar los signos y símbolos que se manifiestan en cualquier ámbito fijado por la escritura, sea ésta hecha de palabras, de sonidos, de imágenes o de textos.

Cuando vamos al cine, no sólo miramos las imágenes que se proyectan en una pantalla, las interpretamos; es decir, las leemos; tanto o más que si fueran de manera exclusiva palabras escritas o impresas en papel.

Leemos una pintura, una escultura; de igual forma que leemos una canción o una sinfonía.

Leemos y leemos, sin descanso, interpretando y descifrando mensajes que nos llegan de todas partes y a todas horas; aún dormidos. Los sueños, -ese espacio íntimo maravilloso que nos revela mundos siempre cambiantes e insospechados-, se nos manifiestan en códigos que deben ser leídos e interpretados de muy diversas formas; ya sea desde el punto de vista del psicoanálisis, de manera personal y aleatoria en función de nuestra propia vida o; más aún, desde la visión mágico religiosa en donde lo que se manifiesta en sueños, no es otra cosa que revelaciones de otros mundos y dimensiones y de verdades ocultas que sólo habrán de mostrarse a los iniciados. Como ocurrió con tantos personajes bíblicos como el casto José y el profeta Daniel, cuyo poder de interpretación de los sueños les dio un alto rango jamás pensado, ni por ellos mismos, o más aún, salvaron sus vidas por tener el don de la lectura. Por ello se dice que se trataba de un don divino, reservado sólo para los elegidos y ungidos por Jehová.

Se cuenta también la bella historia de que Santo Tomás al ver en su celda al santo sabio San Alberto Magno leyendo las sagradas escrituras sin necesidad de separar los labios para deletrear letras y palabras, haciendo el prodigio de hacer que lo que estaba escrito fuera directo por medio de la vista hasta su entendimiento; sólo se podía entender como un acto prodigioso, y como una muestra palpable de la santidad y la iluminación del venerable varón. Pero en nuestros días el acto de leer e interpretar no son más que parte de nuestra vida cotidiana, nadie se hace santo por tener y desarrollar el hábito de la lectura.

Y hablando de sabios, hay que recordar aquí a dos filósofos de siglos recientes: Charles Sanders Peirce y Wittgestein, quienes reflexionaron y disertaron en torno a la imposibilidad humana de comprender cualquier otra realidad que no se manifieste por medio del lenguaje; sin éste y sin signos no existe la cultura, ni la conciencia de ser y de existir. Si esto es cierto o no; será otra discusión. Si hay algo más allá que pueda intuirse y comprenderse fuera del lenguaje será un tema para la filosofía del siglo XXI. Mientras tanto, estas reflexiones nos llevan a reafirmar la noción de que el acto de leer, de descifrar signos es parte de la vocación humana. Entre más leamos más nos humanizamos. No hay duda.

El lenguaje y la escritura y -en consecuencia- la capacidad de lectura, se constituyen como la manera mas certera en que se revela el nivel de civilización que ha alcanzado un pueblo.

Se habla del talento de la grandiosidad de la civilización teotihuacana. Una de las culturas más sorprendentes y enigmáticas en la historia de la humanidad. Sin embargo, no conocemos aún, su forma de escritura. ¿Cómo sí conocemos y se ha descifrado ya la escritura de los mayas y de otros pueblos precolombinos?

¿Qué se puede decir entonces de los grandes artífices y sabios teotihuacanos? Pues algo muy simple, que su escritura, el modo más eficaz que encontraron para preservar su conocimiento, no está escrito en rigor en tinta y papel, sino en cada una de las mismas piedras que sostienen la magnífica ciudad sagrada de Teotihuacan (el lugar donde se hacen los dioses, el lugar del Atl-Tlachinolli /del Agua Quemada; donde se funden o se fusionan los contrarios). No olvidemos que la palabra literatura tiene su origen en el vocablo latino lithos que quiere decir piedra. Y la literatura, en una de sus funciones, se nos presenta como la de preservar el mundo de los mitos y su significado que le dan sentido a la existencia de los pueblos. Y la primera forma de preservarlos, no sólo fue esgrafiando o rotulando piedras; también lo fue apilando piedras que describen en su propio orden, el orden no visible a simple vista de esas diversas formas de cosmogonía; según las haya concebido y organizado cada cultura.

Para no irnos demasiado lejos con los diversos tipos y maneras de lectura, quedémonos, finalmente con la acepción más reconocida; la del acto de interpretar textos cuyo lenguaje se sustenta en signos lingüísticos; es decir en la palabra impresa.

¿Para qué sirve leer, en realidad?

Todo mundo nos dice y nos advierte que leer es muy importante, y la razón principal que se aduce es que el hábito de la lectura nos ayudará a tener eso que llaman cultura general y a mejorar nuestra ortografía.

Leer un libro, nos ofrece esas ventajas, es muy cierto, cada libro nos ofrece nuevos horizontes, nuevos conocimientos; pero sobre todo, nos ofrece la posibilidad de asomarnos –como en el caso de la literatura en sus diversos géneros- a mundos imaginarios; a realidades virtuales. En resumen, el simple y puro acto de leer una novela o un cuento, estimula nuestra capacidad de imaginar y con la imaginación y una pequeña dosis de inteligencia, muchos de los retos de la humanidad han sido y serán vencidos.

Leer es pues, el camino más directo a la sabiduría. Y no es sabio quien lee mucho, sino quien sabe leer lo que necesita leer; quien sabe qué hay que leer para creer.

He aquí una reflexión que hacía llegar el pedagogo holandés Ovidio Decroly a educadores y estudiantes:

Si lo puedo pensar lo puedo decir;
si lo puedo decir, lo puedo escribir.
Y si lo puedo escribir,
otros lo podrán entender.

El remedio y el trapito…

Creo que para que un ser humano, un estudiante medio matriculado en cualquier carrera de educación superior, puede adentrarse en el universo de la lectura y sus correspondientes beneficios colaterales y subsecuentes, es necesario primero que nada que descubra por experiencia propia que la palabra escrita o enunciada oralmente es su primera y más importante herramienta de transformación del mundo en el que se encuentra inmerso.

Los profesores de literatura o de lectura y redacción nos quejamos amargamente y, casi podríamos decir que mecánicamente, que cada vez se lee menos, y todavía menos en el aula. ¿Pero de qué sirve leer mamotretos? Que es lo que de manera general solemos imponer a estudiantes como lectura. Primero que nada valdría la pena entender desde la perspectiva de los jóvenes que ingresan a la universidad cuáles son las causas de sus carencias en la lecto escritura; y atacar desde luego esas carencias; pero también sería conveniente percibir qué es lo que mueve a un lector a identificarse con determinadas lecturas, con ciertos libros, ciertas temáticas o formas de escritura como la historieta.

Creo con convicción que el encuentro con la lectura, y en general con toda forma de conocimiento resulta más duradero si se descubre y desarrolla a través del placer.

Leer y contagiar en otros el hábito de la lectura debe llegar a ser en estudiantes no sólo un camino para mejorar la comprensión de conceptos fijados en la palabra escrita, sino la creación de senderos para aprender a conocer, percibir y expresar emociones, sentidos e imágenes. El hábito de la lectura debe estar orientado no para alcanzar el fin del conocimiento acumulativo, como un banco de información o una base de datos, sino como un medio para desarrollar habilidades imaginativas y no para “saber en abstracto”.

Si leer nos ayuda a desarrollar la imaginación, la imaginación nos ayuda a resolver problemas, a problematizar sobre aspectos específicos y encontrar soluciones.

La imaginación del lector es una habilidad multidimensional, con diversas texturas. Leer nos ayuda a percibir mejor, expresarnos mejor, pero sobre todo a tener una relación más clara con nuestras ideas, emociones y sentidos.

Y es claro que la importancia no radica en leer a toda costa, sino en la calidad que se alcance en la comprensión de la lectura y en la capacidad de compartir esa información; en transformarla en diálogo y posteriormente en acciones para la vida.

Y ni modo, Paolo Freire, ese santón de la alfabetización latinoamericana, nos ofrece unas reflexiones que vienen muy bien para concluir estas reflexiones, y que han sido entresacadas de uno de sus ensayos en torno a la educación y la liberación titulado “Dialogicidad y diàlogo” que en este momento me resultan lo que en palabras populares se dice “El remedio y el trapito”. Hélas aquí:

Los hombres no se hacen el el silencio, sino en la palabra, en el trabajo, en la acción, en la reflexión.

Mas, si decir la palabra verdadera, que es trabajo, que es praxis, es transformar el mundo, decirla no es privilegio de algunos hombres sino derecho de todos los hombres.

Precisamente por eso nadie puede decir la palabra verdadera solo, o decirla para los otros, en un acto de prescripción con el cual quita a los demás el derecho de decirla. Decir la palabra, referida al mundo que se ha de transformar, implica un encuentro de los hombres para esa transformación.

(…)

¿Cómo puedo dialogar si parto de que la pronunciación del mundo es tarea de hombres selectos y que la presencia de las masas en la historia es síntoma de su deterioro, el cual debo evitar?

¿Cómo puedo dialogar si temo la superación y si, sólo con pensar en ella, sufro y desfallezco?

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